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Es odiosa la necesidad de venir corriendo a este espacio extraño que es el blog, donde uno es quien es, pero sin caretas que no es lo mismo, pero es igual. Y siempre tiene que ser éste el refugio. Luego, claro, de las ganas adictivas de ir corriendo a la esquina en busca de un cigarro que cada vez te amarga más la boca, y de meterte la idea de que dar una vuelta a la manzana aliviará tus penas, cuando no es más que la real excusa de clavarte la daga, porque todos sabemos que no hay peor consejero que nosotros mismos. Y finalmente regresas al mismo sitio de donde deseabas huir, para darte cuenta de que todo sigue igual, con las presiones esperando en la bandeja de entrada, y una que otra vez, en sobrecitos membretados. Así de perra es la cosa. Entonces no hay más solución que hacerse el loco, entrar aquí y desahogarse, esperando que de alguna forma el mostruo que todos llevamos dentro se sienta desnudo en frente de los bloggers, y decida esconderse para no jorobar más. Hasta la siguient...

Confidencias

A mí me costó mucho descifrar lo que significaba pensar de a dos, en vez de pensar en uno. Me costó saber que debía pagar dos entradas al cine, y no una. Me costó saber que debía ir hasta su casa, dejarla, para luego volver a la mía. Me costó acostumbrarme a decir todos los días buenas noches, y luego cerrar los ojos. El complemento, la otra parte, ha llegado a mí siempre de casualidad. No creo que Alejandro Casona tenga la culpa, y muchos menos los Héroes del Silencio, aunque, el silencio (solito) sí tiene mucho de culpa. Tiempo atrás una sirena loca se metió a mi casa, asustó a mis ilustres invitados, y nunca pidió disculpas por eso. Arruinó mi mundo, mi fascinante locura, y estableció su sitio en el asiento del copiloto, reconstruyendo mi sonrisa y mi corazón. Y nunca pidió disculpas. Y así como vino, de pronto, me regaló una tacita de colores, y un día se fue. Se fue dejando atrás un asiento vacío, una entrada ya pagada al cine, llamadas que se perdieron quién sabe dónde, besos de ...

de Grafito

La primera tarea complicada al empezar a dibujarte es encontrar un buen ángulo. No me refiero a que no exista, ojo, sino todo lo contrario. Lo complicado es encontrar un ángulo en el que pueda sentarme a dibujarte, sin sentir las ganas de abalanzarme encima tuyo. El primer paso es desnudarte. Despacio. Sin prisa. Bajar el cierre de tu vestido por la espalda, hasta llegar la cintura. Luego, deslizar suavemente las tiras de los hombros hacia abajo. Admito que aquí debo contener de alguna manera la respiración, evitando siempre ir más allá. Ver cómo caen las tiras de tu vestido es un buen aliciente para luego dibujarte. Ahora, ya con el vestido en el suelo, alrededor de tus pies, el panorama será divino. Aquí es donde me alejo, mientras tú te quedas de pie, hasta que indique qué hacer. Siempre debo procurar sentarme a no más de un metro de ti, o un metro y medio. Entonces te pediré que desabroches tu brassiere, siempre despacio, con calma, y que termines por quitarte todo. El paso siguien...

Una furtiva lacrima

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No te vayas, quédate un ratito más. Sí, sé que tienes que irte, que es tarde ya, pero necesito que te quedes aunque sea un momento más. Todo se acaba ¿sabes? siempre habrá un final inexorable, eso lo sé. Pero hoy quiero pensar que no será así. Hoy quiero creer que esto durará para siempre. Todos miramos atrás, analizando cada acto de la vida. Yo lo que más extraño de ella es mi infancia, como todos quizás. La magia de crear un mundo fantástico, donde solía ser un súper héroe. La magia de creer que los viejos eran eternos, y de poder dejarlo todo, para seguir jugando mañana, porque de seguro habría tiempo para seguir. Hoy he perdido esa fe. Hoy sé que todo es tan efímero, y siento ganas de llorar, me envuelve esa melancolía de querer retener la magia de la infancia, de volver a las caminatas por el parquecito, con mamá y papá tomados de la mano, de las súper aventuras alucinantes con mis hermanos, de San Bartolo y el mar, de los viajes, de las sonrisas... Me apena que todo se acabe. Hoy...

Miserere

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Esta mañana siento el estómago revuelto, con las náuseas que me provoca ver las paredes azules, despintadas, viejas, oliendo a húmedo. Sé que te jode que camine desnudo, aunque nunca me ves. Sé que detestas mi cuerpo laxo, mi cabello largo y desordenado, esta barba ridícula y mal afeitada, mis pies grandes, y mis dedos largos. ¡Claro! sé que todo te jode, que todo te molesta. El olor a cigarro. Este maldito olor a cigarro que ha inundado asquerosamente cada rincón de esta pocilga, cada hilo de cuanto trapo he osado llamar ropa. Esta mañana no tengo ganas de escuchar tus lamentos, ni tus quejas de menopáusica. Esta mañana tengo ganas de salir a la calle desnudo. De ir por ahí oliendo a humo de cigarro, con el cabello revuelto, mientras todos me miran pensando quién sabe qué cosas. Es hora de partir, de tomar ese pantalón guinda que has dejado planchado en la silla. Es hora de mirarme nuevamente al espejo con el raído pantalón de corduroy, ancho y flojo, mostrando asquerosamente el bello...

[...]bis

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El martes 15 de abril, una llamada telefónica de madrugada (de esas que inefablemente son malas noticias) me levantó de la cama. - Tío? necesitaba contarte que papá acaba de dejarme encargada, para siempre, su vieja máquina de escribir... Era la voz temblorosa de Facundo, con la única frase que encontró para hacerse a la idea de que el flaco simplemente había decido tomarse uno de sus tantos viajes de incógnito. No supe qué decir, simplemente colgué el teléfono y corrí a sentarme en la mesita al lado de la cama, para escribir una carta de despedida al flaco, al escritor famoso del Cusco, al hijo querido de San Marcos, a ese peruanazo ilustre, a mi hermano, a Fab. Lima, 15 de abril de 2008 Querido flaco: Hoy el teléfono, luego de mucho tiempo, volvió a hacerme llorar. No se trata de hacer un drama, hermano mío. Se trata de poner en práctica las ideas de la loca de Sophía, esa teoría de que el alma siempre se queda dando vueltas para despedirse de los demás, antes de partir. Tanto tiempo...

Mi mamá me mima

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Eso de recordar palabras a mi nunca me funcionó. Yo tengo grabados olores. El olor a esmalte de pintura del nido San Nicolás. El olor a madera vieja de las escaleras del nido Santa Bernardita. El olor a Vinifán y cuaderno nuevecito de los primeros años del Raimondi. Y siempre viene a mí el olor del perfume de mi mamá. Nunca supe la marca, pero siempre lo he asociado a su sonrisa. A la vaga imagen de mi mano de niño, pequeñita, tomada de la mano de mi mamá justo antes de cruzar alguna pista por Lince. A las caricias en la cabeza que siempre fueron, y serán, mi punto débil para poder dormir. A la mirada de calma, de paz, de amiga, de compinche, para todas las pesadillas que vinieron a mí hace ya casi 30 años. Me pasa a menudo que vienen imágenes antiguas a mi mente, y me sorprenden de pronto. El recuerdo de un paseo en el viejo escarabajo naranja mandarín, con mi mamá al volante, su pañuelo setentero, y sus anteojos Janis Joplin, cantando a dúo conmigo alguna canción. Recuerdo a mamá sie...